Importante figura hoy en día por ser el refugio, el pantalán en el que dejar los niños, pero antes no era así. Los abuelos te visitaban o tú los visitabas a ellos y entonces surgía una complicidad distinta.
El abuelo te contaba cosas que te modelaban y sobre todo que te encaminaban. La abuela te contaba chascarrillos, como ella los llamaba, y te arropaba con esa habilidad para reírse de todo y de todos que se permitía, según ella, porque a su edad ya no se responden preguntas. Lejos de las reprimendas y las enseñanzas de tus padres, los abuelos eran un oasis, el sitio en el que te refugiabas cuando gestionar la situación se ponía difícil.
Mi abuela me contaba chistes verderones según ella, los cuales a veces no entendía, era pequeña, pero ella decía que la sabiduría no tiene edad y que la mente había que abrirla poco a poco y no de un golpe. Luego, cuando ya crecimos y nos visitaba, se levantaba de madrugada, aprovechando que mis padres dormían para pedirnos que le contáramos chistes verdes nuevos, de los que nos contábamos entre nosotros.
Mi abuelo sin embargo era serio, nos contaba historias de la guerra y de cómo cambió la situación cuando el bando ganador se hizo con el control de absolutamente todo. Hizo suyo todos los grupos y los sometió a sus reglas. Pero también hablaba de aquellos días en los que gracias a sus amigos podía vivir con preocupación pero sin el terror habitual y cómo llegado el momento, él contribuyó a esa tranquilidad en aquellos que le ayudaron. Porque el bando en el que te toca vivir no te define pero sí te somete. Por eso siempre decía que tienes que tener amigos hasta en el infierno y sin solicitar carnet del partido. La amistad, según él, era entre personas, no entre inclinaciones políticas.
Hoy en día educamos a nuestros hijos en la absurda creencia de que sus acciones no tienen consecuencias graves, que se lo merecen todo y que el fracaso no existe por el mero hecho de ser ellos. Nos pasamos la vida criticando a los jóvenes por sus acciones cuando somos los responsables directos.
¿No aprendimos nada de nuestros abuelos? ¿No consideramos importante el respeto por los demás al extremo de protegerlos del mal si estaba en nuestras manos? y sobre todo ¿No somos capaces de educar en la alegría?, por supuesto responsablemente.
Parece que estamos olvidando que el ser humano merece ser respetado y que sólo podemos pedir respeto hacia nosotros si somos capaces de tenerlo hacia los demás ya sea por ideales, religiones e incluso forma de vida. Está bien recordar el pasado pero el real, el que nos contaron y el que nos toca contar a nosotros aunque seamos pantalanes en vez de oasis, al fin y al cabo la memoria depende de quienes quieren recordar.
Seamos el oasis en el que beban los jóvenes pero sin adulterar el agua y manteniéndola fresquita como harían…
Nuestros abuelos
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