Hacía tiempo que no le pasaba algo así. Vivía muy lejos de su casa y lo notó cuando oyó la música en la radio, se le encogió el estómago, el corazón le dio un vuelco y sintió que le faltaba el aire. Era el pellizco. El año que viene no me lo puedo perder pensó.
Pasaron los años y descubrió que aquello de lo que hablaba su abuelo era verdad. Los hombres de esa edad no se alegraban ni se entristecían, habían aprendido que los hombres no lloran ni ríen a carcajadas, y sin embargo el pellizco era otra cosa. Es esa sensibilidad casi encubierta que hace que los ojos se humedezcan sin llegar a llorar, que el rostro se contraiga sin que se note, pero el estómago, eso es otra cosa, es el pellizco.
Llevaba años huyendo de él, autoconvenciéndose de que ya no le interesaba el tema, se estaba muy bien en otro lugar, viajando, explorando otras culturas y sobre todo alejado de ese ambiente que te atrapa y que ya no es lo que era. Ahora pertenecía a otros.
Sin embargo, de repente, esa música volvió, ese olor lo atrapó y ese nudo en el estómago se mostró con la misma fuerza con que lo había hecho en muchas ocasiones y que creía vencido y olvidado. Ahí estaba el pellizco, la necesidad de volver a esas tradiciones, a esos orígenes de los que había renegado pero cuyas brasas estaban ahí esperando un soplo de aire fresco para reavivarse y pensó… El año que viene no me lo puedo perder.
En ese momento recordó la campaña publicitaria en la que intentan atrapar a todos para que vengan a su tierra, esa en la que dicen que Andalucía te atrapa. Pues bien, para aquellos a los que va dirigida comentarles que, para nosotros, los que ya estamos aquí es igual.
La única diferencia es que nosotros, a la vez que nos encogemos y tragamos para pasar el mal rato, decimos, tengo un pellizquito aquí. Y eso es el
Pellizco
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