Cuántas veces hemos dicho a nuestros hijos esta frase. A veces, al salir del cole y verlos tan pequeños, tan vulnerables, nos sentimos en la obligación de descargarles de ese lastre. Dame la mochila hijo que eres muy pequeño. Nos rebelamos ante la imposición de que nuestros hijos lleven esas cargas tan grandes, no comprendemos cómo es necesario que un niño cargue con semejante peso a sus espaldas.
Es cierto que a veces realmente no pueden, que no tienen la capacidad física o mental de cargar con ese lastre, pero es a veces, lo que significa que no es la mayoría de las ocasiones.
Y de nuevo, en un intento de que nuestros hijos no sufran estamos quitándoles la posibilidad de comprender que lo que ahora consiste en cargar una mochila, que a todas luces es suya, con el paso del tiempo les ayudará a cargar cosas mucho más pesadas y no necesariamente de forma física.
Creo que estamos construyendo un mundo en el que los jóvenes están sobreprotegidos, en el que cada vez tienen menos resistencia a la frustración y menos necesidad de esforzarse para conseguir sus metas, por lo que cada vez son más conformistas.
Por otro lado les decimos que se lo merecen todo simplemente porque son quienes son. Les apoyamos en todas sus decisiones sí, pero sin objetar nada, aunque a veces creamos que no es una buena idea. Nos escudamos en que no queremos decirles cosas que los desmoralicen cuando en realidad lo que hacemos es prepararnos para volver a cargar su mochila, para que puedan compartir su frustración con nosotros.
Somos una generación de padres cobardes que hemos proyectado en nuestros hijos nuestra necesidad de apoyo, de cariño y nos hemos excedido. Les hemos comprado todo aquello que quisimos tener nosotros sin consultarles si lo querían. Les hemos mostrado todo lo que quisimos conocer sin saber si a ellos les interesaba, en fin les hemos dado mucho más de lo que teníamos que darles y además erróneamente.
Tal vez deberíamos devolver a cada uno sus preocupaciones, sus lastres, porque a veces, esa mochila también contiene sus alegrías, sus esperanzas, sus aspiraciones y las hacemos nuestras en un intento de descargarlos, de nuevo erróneamente al decirles
Dame la mochila
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