No lo cambies

Hace tiempo escuché a alguien hablar con unos jóvenes sobre el secreto de la felicidad. Comentaba que lo ideal, lo que te garantiza una relación duradera era aceptar a tu pareja tal y como es, tal y como te enamoró al principio.

Según decía, para conseguir que una relación dure es necesario no intentar cambiar a tu pareja. A veces lo hacemos y para cuando hemos conseguido modelar al otro convirtiéndolo en un muñeco que se adapta a todos nuestros deseos, ya no nos gusta porque ha perdido la esencia de lo que nos atrajo al principio.

Esa falta de atención, ese despiste constante y sobre todo esas pequeñas ausencias nos resultan graciosas al principio, se salen de lo normal, hacen una relación diferente a la derivada de esos constantes cuidados que a veces resultan insufribles. El resultado es una relación que nos resulta estimulante, no somos el centro, pero tampoco es necesario.

Al principio todo es emocionante y todo se perdona. Pero con el paso de los años nos gustaría haber cambiado determinadas actitudes, determinadas prioridades. En una relación los que forman parte de ella, si bien no deben ser el centro siempre, es verdad que deberían disfrutar de cierta posición privilegiada, deberían tener peso, deberían sentir que son importantes. Pero en ese caso, esos despistes, esa ausencia que nos enamoraron, ya no resultan tan graciosos. Y comienza el calvario.

Porque a veces, llegados a este punto es imposible cambiar nada. Esos despistes que siempre terminaban con la frase “es que es así” ahora nos duelen al haberse convertido en lo cotidiano. Y de repente tomamos conciencia de que el lugar que creíamos ocupar no es nuestro lugar. Resulta que no somos prioridad, ni siquiera somos alguien con quien discutir y lo peor, somos segundos en una lista de la que nunca tuvimos constancia… ¿O sí?

En este momento ni siquiera el amor que pudiéramos sentir hacia el otro nos libera del desconsuelo de sentirnos ninguneados, lo hace que la convivencia sea cada vez más difícil.

Llegados a este punto parece que el consejo debiera haber sido que nos asegurásemos de lo atractivo de determinadas actitudes, porque si bien hay conductas muy atrayentes por lo inusuales, pueden llegar a ser muy frustrantes al convertirse en cotidianas. En fin a veces adaptarse no es vivir, así que mejor pactar los cambios al principio porque al final,

No hay quien cambie

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