¡Tengo muy mala suerte!, ¡Todo me pasa a mí!
Llevaba tanto tiempo diciéndolo que al final tuve que darle la razón. Hay veces en las que todo lo malo viene junto. Te echan de tu trabajo, terminas con tu pareja, se te rompe el coche o tu electrodoméstico favorito y te preguntas ¿Hasta cuándo?
Mi abuela decía que Dios sólo sabe decir más, de manera que cuando todo va mal sólo puede ir a peor y prorrogarse en el tiempo. Es sabiduría popular la frase si algo puede ir mal irá mal.
Llámale, Dios, Karma o tu mala suerte, pero cuando comienzas una mala racha es imparable. Las malas rachas son como una cuesta hacia abajo con una pendiente que no puedes controlar. Sin embargo, qué cuesta arriba se hace salir del hoyo.
Así como las malas rachas son una rampa descendente imposible, las buenas comienzan siendo una escalera cuyos peldaños te matan. El primero no, todos hemos tenido ese momento en el que hemos reconocido tener buena suerte… pero poca. Parece que el comienzo de la buena suerte es ese momento bastante anodino en el que nos encontramos un billete en el bolsillo del abrigo cuando lo sacamos del armario o ese sitio en la barra del bar que te da justo para apoyar la cerveza y empezar a ampliar tu territorio.
A decir verdad, la racha de buena suerte comienza cuando después de llegar al fondo de tu mala suerte, vuelves la cara y te encuentras con un escaloncito y piensas que a lo mejor puedes subir un peldaño. En ese momento la perspectiva cambia y como por arte me magia comienzas a ver el foso más lejano y empieza la racha de buena suerte.
Puede ser que lo mismo que solo miramos para abajo cuando vamos cuesta abajo, en la rampa, si desviamos un poco la mirada y nos decidimos a dar ese primer paso, comencemos el ascenso que puede ser imparable. Descender en la rampa es más fácil, aunque sea más doloroso, que subir la escalera, y esto es mucho más gratificante. Así que vamos a darnos ánimos, vamos a buscar ese escalón porque podemos caer en la tentación de dejarnos llevar y encontrarnos en la fosa más profunda.
Busquemos una barandilla a ser posible de carne y hueso y comencemos el ascenso imparable para que nuestras próximas palabras sean
¡Qué suerte estoy teniendo!
Deja un comentario