Ya pasaron las elecciones, que bien… a ver cuánto dura la euforia. Hace unos días fuimos a votar y muchos lo hicieron pensando en un mal menor, lo menos malo. Nos conformamos pensando que como nos parecía que no había ninguna opción buena, después de mucho o poco pensar nos decantamos por la menos mala.
¿La menos mala para quién? Y sobre todo, ¿la menos mala para qué?
El problema es que no solamente hacemos eso son las elecciones también lo hacemos en nuestra vida diaria. No pensamos en esforzarnos un poco más ni en intentarlo más allá. Siempre es lo menos malo, lo que menos consecuencias tenga y lo que menos nos haga pensar, en resumen, lo más cómodo.
Lo que tú digas que no tengo ganas de pensar. Lo que te apetezca que no tengo fuerzas para decidir, me da lo mismo me conformo con lo que quieras, con lo que decida la mayoría… y así hasta que un día ya nos da igual de todo, ya sea bueno, malo o menos malo. Nos quedamos con lo regular, lo más cómodo, todo lo que supone seguir navegando en esa balsa de aceite en la que parece que queremos convertir nuestra vida.
Vivimos una vez, pero no sólo una vida sino un minuto, un segundo, y cuando pasa ya no vuelve. No podemos morirnos antes de morir o al menos no nos obliguemos por comodidad.
Deberíamos pararnos a pensar que, a veces, esa comodidad en la que nos hemos acomodado es la incomodidad con la que tiene que lidiar aquella persona a quien le volcamos toda nuestra confianza para que decida. ¿Confianza o comodidad? ¿O es simplemente así no me equivoco?. Y es que hay que ver qué miedo nos da equivocarnos, y sobre todo como nos relaja que se equivoquen otros.
Mientras se equivoque otro yo estaré en esa zona de confort, esa zona en la que no hay remordimientos pero que a la vez es esa zona en la que no hay victorias, pero bueno esto también es lo menos malo.
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